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La revisión por pares (peer review) suele presentarse como una institución inamovible de la ciencia. Sin embargo, su estandarización como procedimiento sistemático —tal como hoy la conocemos— es relativamente reciente y se consolidó a lo largo del siglo XX, en paralelo con la profesionalización y expansión de la ciencia moderna.

Para comprender su crisis actual, resulta imprescindible analizar un episodio que expone con claridad la tensión entre autoridad intelectual y validación externa: el momento en que el sistema editorial se atrevió a contradecir a quien representaba, para muchos, la máxima autoridad científica de su tiempo.


El contexto: un modelo más editor-céntrico que arbitral

Hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX, la publicación científica operaba en muchos ámbitos bajo un modelo predominantemente editor-céntrico. La revisión externa existía, pero no constituía un requisito sistemático ni universal. En numerosas revistas, el criterio del editor —apoyado en redes académicas consolidadas— tenía un peso decisivo.

En ese contexto, el prestigio del autor funcionaba, en la práctica, como un aval de validez. Este modelo no implicaba ausencia total de crítica, sino la falta de un procedimiento estandarizado, anónimo y obligatorio como el que hoy asociamos al peer review.

Formado en esa tradición, Albert Einstein se encontró, al publicar en Estados Unidos, con un ecosistema editorial que comenzaba a transitar hacia formas más explícitas de validación externa.


El incidente de Physical Review

El 1 de junio de 1936, la revista Physical Review recibió un manuscrito firmado por Einstein y Nathan Rosen titulado Do Gravitational Waves Exist?. En él, los autores sostenían que las ondas gravitacionales no podían existir tal como se formulaban, una conclusión que entraba en tensión con la interpretación general derivada de la teoría de la relatividad general.

El editor, John T. Tate, tomó una decisión que hoy es habitual, pero que entonces resultó disruptiva: envió el manuscrito a un evaluador externo. Para Einstein, este gesto marcó un quiebre cultural inesperado.


El informe y la resistencia: un choque de legitimidades

El dictamen recibido fue técnico y detallado. El revisor no cuestionó la autoridad del autor, sino la consistencia matemática del argumento, señalando que la conclusión dependía de una elección de coordenadas que introducía una singularidad no física, sino formal.

La respuesta de Einstein a Tate, fechada a finales de julio de 1936 (usualmente citada como el 27 de julio), se ha convertido en un documento fundacional de la resistencia al arbitraje moderno:

“Le envié el manuscrito para su publicación y no le autoricé a que se lo mostrara a especialistas antes de que se imprimiera.
No veo ninguna razón para atender los comentarios —por lo demás erróneos— de su experto anónimo”.

Einstein retiró el artículo en un acto explícito de protesta, negándose a aceptar que un tercero anónimo pudiera interponerse entre su trabajo y la comunidad científica. El desacuerdo no era solo técnico: era epistemológico e institucional.


Juicio crítico: la corrección silenciosa

La historia, sin embargo, no termina ahí.

Tras retirar el manuscrito de Physical Review, Einstein lo envió al Journal of the Franklin Institute. Antes de la impresión definitiva, introdujo cambios sustantivos en las pruebas, modificando la conclusión original hasta convertirla prácticamente en su opuesto.

¿Qué había ocurrido?

Las reconstrucciones históricas coinciden en que el revisor anónimo era el cosmólogo Howard P. Robertson. De manera extraoficial, Robertson se acercó a Leopold Infeld, entonces asistente de Einstein, para discutir los errores del manuscrito sin revelar que él había sido el evaluador original. Einstein aceptó la corrección en privado, aunque mantuvo públicamente su rechazo al sistema de arbitraje anónimo.

El peer review no humilló a Einstein ni lo expuso al descrédito. Operó como un mecanismo silencioso de corrección, evitando que un error formal quedara fijado en el registro científico.


Reflexión para la gestión editorial contemporánea

Desde la perspectiva de la gestión editorial rigurosa que promovemos en Habilis, el expediente de 1936 permite extraer tres conclusiones estructurales:

1. La erosión del principio de autoridad
El peer review surge para separar el quién lo dice (prestigio) del qué se sostiene (evidencia). Incluso las figuras más brillantes son susceptibles al error.

2. La protección del autor y del registro científico
El arbitraje no es censura por definición, sino un control de calidad que puede proteger tanto la reputación del investigador como la integridad del conocimiento publicado.

3. El dilema de la transparencia y la gobernanza editorial
El anonimato facilita la crítica honesta, pero exige procedimientos claros y profesionalización editorial para mitigar fricciones entre editores y autores.

En un contexto marcado por la crisis de revisores, la ciencia abierta y la incorporación de inteligencia artificial en los procesos editoriales, el caso Einstein de 1936 recuerda una verdad incómoda pero esencial:

el sistema no busca la perfección, sino la trazabilidad del error y la posibilidad de corregirlo a tiempo.