Riesgos del uso no regulado de IA
El uso no regulado de inteligencia artificial puede generar riesgos relevantes para las revistas científicas. Uno de los más visibles es la producción de información falsa o imprecisa. Las herramientas de IA pueden generar afirmaciones incorrectas con apariencia convincente, atribuir ideas a autores equivocados, proponer datos sin respaldo o construir explicaciones que no se sostienen en evidencia verificable.
Otro riesgo importante es la generación de referencias inexistentes o inexactas. En comunicación científica, las referencias no son un componente decorativo: forman parte del sustento académico del manuscrito, permiten verificar afirmaciones, ubicar antecedentes y reconocer contribuciones previas. Una referencia falsa compromete la confiabilidad del texto completo.
También puede producirse una pérdida de control intelectual. Cuando un autor utiliza IA para redactar fragmentos sustantivos sin revisión crítica, el manuscrito puede dejar de reflejar con claridad su pensamiento, su análisis y su contribución real.
A ello se suman los riesgos de privacidad y confidencialidad. En investigaciones que incluyen datos sensibles, entrevistas, imágenes, información institucional no pública o resultados inéditos, el uso de herramientas externas puede exponer materiales que aún no deben ser difundidos, almacenados o procesados fuera del entorno autorizado.
Confidencialidad en la revisión por pares
La revisión por pares es uno de los momentos más delicados del proceso editorial, porque los revisores reciben manuscritos inéditos y confidenciales. Por esta razón, no deberían cargar textos completos, fragmentos del manuscrito, tablas, figuras, datos, resultados o anexos en herramientas externas de IA, salvo que la revista lo autorice expresamente y establezca condiciones claras de confidencialidad.
El dictamen de revisión por pares exige juicio experto, lectura crítica y responsabilidad ética. Una herramienta automatizada puede apoyar tareas auxiliares muy específicas, si la política de la revista lo permite, pero no debe sustituir la valoración académica del revisor.
Por ello, la revista debe definir si autoriza algún uso auxiliar de IA por parte de revisores, en qué condiciones, con qué límites y con qué obligaciones de declaración. Si no existe una política clara, el criterio más prudente es proteger la confidencialidad del manuscrito y evitar el uso de herramientas externas que puedan almacenar, reutilizar o procesar información no publicada.
Uso de IA por editores y equipos editoriales
Los editores y equipos editoriales también deben estar incluidos en la política de IA. Una revista puede apoyarse en herramientas tecnológicas para mejorar tareas administrativas, formales u operativas, pero las decisiones editoriales deben permanecer bajo responsabilidad humana.
No deben delegarse en IA decisiones como aceptar o rechazar un manuscrito, seleccionar revisores, valorar la originalidad científica, resolver conflictos éticos o determinar la calidad académica de un artículo.
La IA puede ayudar a ordenar información, revisar consistencia formal o apoyar algunos procesos internos. Sin embargo, la interpretación editorial corresponde al editor y al equipo responsable de la revista. Esta distinción es fundamental porque una decisión editorial no depende solo de patrones textuales: exige valorar el alcance de la revista, la pertinencia temática, el contexto disciplinar, la metodología, la ética de la investigación, la calidad del argumento y la contribución científica.
Declaración de uso de IA
Una revista científica debe solicitar a los autores que declaren el uso de inteligencia artificial cuando esta haya intervenido de forma relevante en la preparación del manuscrito.
La declaración debe precisar:
- qué herramienta se utilizó;
- con qué finalidad;
- en qué partes o tareas intervino;
- cómo fue revisado y verificado el contenido;
- quién asume la responsabilidad final del manuscrito.
No basta con afirmar que “se utilizó inteligencia artificial”, porque esa frase no permite conocer el alcance real de la intervención. Una declaración adecuada ayuda a distinguir entre un uso menor, como la corrección gramatical, y un uso sustantivo, como la generación de texto, la traducción amplia, el apoyo en análisis, la elaboración de imágenes o la preparación de respuestas a revisores.
La declaración no debe presentarse como castigo, sino como una práctica de transparencia científica.
Prácticas que no deberían aceptarse

Una política editorial sobre IA debe indicar con claridad qué prácticas no son aceptables. Entre ellas se encuentran:
- presentar contenido generado por IA como producción original no asistida;
- utilizar IA para inventar datos, citas, resultados o referencias;
- incorporar traducciones automáticas sin revisión humana competente;
- modificar conceptos técnicos, resultados o conclusiones sin verificación;
- generar imágenes científicas sin declaración, trazabilidad y revisión;
- cargar manuscritos confidenciales en herramientas externas sin autorización;
- usar IA para producir dictámenes de revisión por pares sin autorización de la revista;
- delegar decisiones editoriales en herramientas automatizadas;
- incluir herramientas de IA como autoras o coautoras.
Estas prácticas afectan la integridad científica, la transparencia editorial y la confianza en el proceso de publicación.
La función educativa de la revista
La política sobre inteligencia artificial no debe ser únicamente normativa. También debe cumplir una función educativa.
Autores, revisores y editores están aprendiendo a convivir con estas herramientas. Por eso, las revistas deben explicar con claridad qué usos consideran aceptables, qué debe declararse, qué está prohibido y cuáles son las razones de esas decisiones.
Una buena política ayuda a prevenir errores, reduce ambigüedades, mejora la calidad de los envíos y fortalece la confianza entre autores, revisores, editores y lectores. Para ello, la revista puede complementar su política con ejemplos de declaraciones, preguntas frecuentes, orientaciones para revisores y criterios para el equipo editorial.
Conclusión
La inteligencia artificial no debe entenderse como una amenaza absoluta ni como una solución automática. En las revistas científicas, su uso exige prudencia, transparencia y responsabilidad humana.
La IA puede apoyar algunas tareas lingüísticas, formales u operativas, pero no debe sustituir la traducción científica validada, la revisión editorial, la evaluación por pares, el juicio académico ni las decisiones editoriales.
El desafío para las revistas no consiste en aceptar o rechazar la inteligencia artificial de manera general, sino en regular su uso con criterios claros, proteger la confidencialidad del proceso editorial y asegurar que toda intervención asistida por IA permanezca subordinada a la revisión humana.
Una revista que educa y regula con claridad fortalece la confianza en su proceso editorial y protege la integridad de la comunicación científica.
